jueves, 12 de marzo de 2015

Transformando la desesperación en color


Mucho de drama y de juego se nota en la pintura de Darío Mijangos (Ciudad de México, 1965), dado que sus estudios profesionales fueron de Literatura Dramática y Teatro y no de Artes Plásticas. Sin embargo, el ser autodidacta no lo limita en lo absoluto ni en su técnica ni en su apertura al momento de inventarse espacios personales propios para él y sus personajes, que se desenvuelven en todas sus obras entre el dolor y el humor, gracias a su capacidad para transformar la desesperación en algo vital e irresistible, capaz de obligarnos a mantenernos en equilibrio y hacer de la experiencia algo envidiable y, a la vez, no apto para los débiles.
Ya sea en autorretratos en los que se recuerda a sí mismo en el sufrimiento por la enfermedad, la nostalgia y la pérdida de amigos insustituibles, al mostrar a sus amados perros xoloitzcuintles como testigos y ángeles guardianes de absoluta lealtad, o al retratar a conocidos, amigos y  amantes interpretando sus miedos y esperanzas, Mijangos proyecta una espiritualidad que goza sensorialmente hasta en las peores horas. Ni los hospitales ni los infiernos son suficientes para ahogar el ensueño en el que se desenvuelven sus personajes, en los que se pinta a sí mismo en el estilo característico de Julio Galán o de Frida Kahlo, pero con un sentido personal en el que se diluye tales influencias para conformar una visión personalísima, y a la vez honestamente propia y mexicana en su colorido y en su contradicción: su paleta es violenta y a la vez amigable al ojo del espectador, sus trazos, deliberadamente toscos y a la vez colocados con precisión sobre el lienzo, y sus personajes, tremendamente reveladores –sus retratos incluidos– al contener en sus formas una vida interior que trasciende cualquier etiqueta que se le ponga, aunque podrían incluirse, si hiciera falta, en temas que resultan a juicio de muchos incómodos o excluyentes.
La pintura de Darío Mijangos, en resumen, es como los perros xoloitzcuintles que lo acompañan siempre dentro y fuera de sus lienzos: territorial, temperamental e inusual. Y con estas características no sólo se define ella, sino que adquiere un adjetivo muy manoseado, pero que siempre se queda como simple gentilicio cuando debe expresar su mayor identidad: mexicana. Honestamente brutal, y a la vez siempre deseosa de vivir en el ojo del espectador aunque haya quien pretenda poner de por medio el párpado, la descalificación o el rechazo. Una obra que estalla y quema, pero dejando siempre un rastro de alegría ganada a pulso,  

José Candás.
Agosto, 2013

El espejo del perro

Loneliness. 2004. Óleo, acrílico y hoja de or / MDF. 120 x 125 cm.

Los límites terminan donde comienza el dolor, el desgarro, y la pintura de Mijangos es demasiado inquietante para atrapar su esencia en una única palabra, aunque esta palabra sea dolor y padecerlo constituya uno de los mayores terrores, sino el mayor, del hombre. Aceptamos la muerte, pero no aceptamos el dolor. Podemos aceptar, asumir, una enfermedad devastadora, pero siempre suplicamos en secreto que ésta huésped silenciosa que se roba a diario trozos de nuestro cuerpo, y de nuestra vida, ésta depredadora críptica, lo haga de manera indolora, preferiblemente cuando dormimos, o de forma brusca, con una breve y sorprendente sacudida. Preferimos el exterminio al dolor. Pero el dolor es inevitable, como el amor, como el parto, sea de una criatura o de una obra. En ocasiones, sufrimiento y creación artística van de la mano. Sólo los necios huyen del dolor. Sólo los cortos de espíritu sueñan con alcanzar la felicidad, o la dicha, o la tranquilidad, sin haber apurado antes una generosa ración de angustia. Pero no hablamos de un necio, hablamos de un artista inquietante que da el espaldarazo a la comercialización y fluye en soledad con sus imágenes, aunque esta soledad no significa abandono, ni olvido. Poco a poco, a pincelazos, Mijangos se impone en el panorama cultural de su país y su nombre es pronunciado con respeto en algunos sectores artísticos, con respeto y en voz baja. El nombre de Darío Mijangos turba y abre el filón a la imaginación, y este nombre aparece al pie de unos lienzos que rinden un merecido homenaje a algunos grandes de la pintura mexicana; Frida Kahlo, Manuel Lozano, Diego Rivera. No es fácil homenajear al color desde el color, porque México es colorido, contraste. Acercarse a la obra de Darío Mijangos significa entrar en una casa de espejos que reproduce al infinito figuras calvas, ángeles desdibujados, perros aztecas que alguna vez fueron comidos y que en la antigua tradición acompañaban a los muertos en su viaje definitivo, madonas con aire cinematográfico, flores, pisos cuadriculados, corazones traspasados… es también acercarse a los fondos brumosos, a la desnudez masculina, si es que estas figuras lo son, pues Darío absorbe visceralmente el concepto de que el alma no es ni hombre ni mujer, y va más allá, sólo cuando abandonemos los prejuicios de una formación judeo-cristiana, y creo que en esto radica uno de los grandes aciertos de su obra plástica, alcanzaremos la tranquilidad; el cuerpo es hermosos, incluso vulnerado, y merece ser expuesto a las tentaciones, el cuerpo mismo es tentación y lo tentador espanta. Los poderosos temen a la desnudez como temen a la risa. El cuerpo desnudo es peligroso, es frágil, susceptible de ser traspasado con una flecha o una palabra. Darío entroniza la fragilidad imponiéndola sobre siglos de machismo latinoamericano, sobre centurias de prejuicios. La iconografía cristiana, presente a lo largo y ancho de la obra del pintor, enfatiza el concepto represivo, y crítico de su obra, aportando un referente claro y clave para establecer la comunicación inmediata con las criaturas que pueblan soledades y neblinas. Mijangos no intenta desdecir el símbolo, lo presenta tal y como lo conocemos, la aureola es aureola y el sufriente corazón, ¡ah, ese corazón en el nombre del cual se han cometido tantas atrocidades, o tantos actos heroicos, y a la vuelta de los años la historia demuestra que el heroísmo puede constituir un lastre fatal!, es corazón recordado y reverenciado, sólo que esta vez no lo fija en la imaginería tradicional; el corazón no duele ni en Jesús ni en María, aquí apuntamos un matiz, ¿acaso todos los seres humanos, todos los hombres y mujeres de la tierra, no somos en algún momento Jesús y María?, duele en cualquier parte, algunas veces tatuado en el cuerpo de unos mestizos que exhiben su desnudez con impudicia demoníaca. Hay algo de lo griego en este concepto, algo de esas primeras imágenes arcaicas que retaban con su desnudez a la imaginación más solvente. Alguien hablaba de evocación del martirologio cristiano. Me atrevería a afirmar que Darío Mijangos no sólo evoca la agonía y resignación de los cristianos, sería demasiado fácil, demasiado cómodo para un artista tan inquieto, evoca el martirio a lo largo de toda la historia, evoca también la resignación. Su pintura es dolorosa y atemporal, de ahí que se amalgamen los referentes tanto paganos como cristianos, ¿qué son sino esos perros pelones de mirada triste, no son acaso los Xoloitzcuintles que los aztecas consideraban un exquisito manjar y que acompañaban a los difuntos en el viaje al más allá? Hay algo de clasicismo desenterrado en la pintura de Mijangos, de necesidad de retorno a un mundo en el que el hombre era el centro de universo a pesar de los dioses. Eros y Thanatos juegan el juego de las apariencias quedando en tablas. La vida y la muerte se dan la mano, también la santidad y lo demónico, la luz y la sombra, el sueño y la pesadilla, los viejos dioses sanguinarios y los blancos santos cristianos teñidos de sangre.

Ya se impone ver. Podemos llenar cuartillas de reflexiones, apuntes, citas y frases más o menos acertadas, pero serán sólo eso, frases. La pintura habla desde su silencio. No es necesario convencer al espectador con un puñado de palabras inútiles. La forma y el color harán lo suyo por encima del raciocinio. Para eso existen los pintores; ellos, como los músicos, suelen demostrarnos el fracaso de las palabras para atrapar las pulsaciones secretas de la sangre y los inminentes reclamos de la carne que anhela ser poseída, y, ¿por qué no?, martirizada.

Raúl Alfonso.
“El espejo del perro" Revista de arte y literatura No. 8.

Madrid, España.

El arte es uno

Sor Petra Francisca. 2004. Óleo / madera. 100 x 80 cm. Colección: Padre José herrera Alcala. 
El arte es uno, sus manifestaciones son mil, en colores y texturas, formas y signo simbólicos de la realidad circundante. Motores de inspiración para el pintor que al producir arte y crear belleza nos inserta a su realidad-mundo: el crear siempre se adjudica ese don, el transmitir ese lenguaje y esa realidad cobijado en símbolos y colores que nos quiere regalar a la vista, dar una idea de su creación al expectante introduciéndolo al mundo de sus pinceles, esa misma realidad subjetiva que lo adentra al mundo de la interpretación:
Este que ves, engaño colorido, Que, del arte ostentando los primores Con falsos silogismos de colores Es cauteloso engaño del sentido
Lo sentencia la sabia y culta monja Juana Inés de la Cruz. El mundo vital del pintor siempre es un laberinto de soledades e imaginaciones caprichosas. La pintura de este catalogo bien refleja ese sentimiento del anima. Ser “creador” es uno de los oficios que exigen silencio interior, observación y abandono del exterior y soledades.
Es un vano artificio del cuidado Es una flore al viento delicadas Es un resguardo inútil para el Hado; Es una necia diligencia errada
Solo así puede crear, como el Otro, que es Dios. Belleza y formas de seres animados de colores caprichosos  de figuras y fondos de una sola realidad que se llama arte.
 Según la sabia definición del gran Aquinate Santo Tomas O. P. definía la belleza como “aquello que agrada a los sentidos”, visualizando gestos y posturas entre lo eterno, lo pasajero y lo sensual del cuerpo humano, nos adentran al fascinante mundo del movimiento interior del autor. Esa es la obra que en el devenir histórico de 10 años ha producido Darío Mijangos, donde el mundo simbólico de afectos adornados con matices florales, “caninos” seres “amigo del hombre”, son una recurrente imagen que manifiesta en varios de sus producciones. Estos perros, “canis” mexicanos o xoloitzcuintli, los acompañantes al más allá en el inframundo de las civilizaciones de las culturas precolombinas. Los plasma con gracia e ingenio convirtiéndose en su fuente no la única pero si la mas llamativa de su inspiración pictográfica. Su presencia e incidencias en su pintura nos hablan del yo, la sonora compañía de sus “amigos”. La presencia de los símbolos cristianos que son eternos desde la fe, que encarnan la bondad y el amor a la ecología, como son “San Francisco de  Asís”, o la maternidad, el dolor supremo de la madre, como “La Dolorosa”, o la realidad angelical, son representados con singular postura de realismo místico, que sin ser pintura religiosa propiamente dicho, logra en algunas de ellas incitar a la reflexión y ver, oír y pensar en la caducidad de la vida.
La quinta caída. 2004. Óleo, acrílico y hoja de plata / MDF. 120 x 125 cm. Colección: Juan Carlos Mata
El desnudo, “quien te dijo que estas desnudo” “los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer sin avergonzarse uno del otro” (Génesis 2,25.) la corporalidad es tan pasajera y llamativa plasmada con posturas singulares y provocativas para darles el calificativo de cuerpo-lenguaje, reflejando su fragilidad conjuntada con la belleza que despierta los sentidos: la admiración o rechazo, lo pasajero como lo trascendente que encierra el cuerpo humano, asumido por el pintor como una realidad siempre cambiante y nunca estática. La figura humana privada de vestido se convierte en símbolo de la humanidad y del mundo, amenazados en su vitalidad más elemental y llamados a la vida sólo por el don gratuito de Dios. Es un afán caduco y bien mirado Es cadáver, es polvo, es sombra, es nada. Su incursión con el  óleo, ya en madera ya en lienzo u otros materiales lo han hecho diestro en el plasmar “su” realidad. En el frágil mundo del papel, que es el amigo más noble de los pintores, delicado como el cuerpo humano, generoso como la naturaleza, son la vía y puente de expresión, ha hecho obras nobles del arte del grabado en esta decena como pintor. La reminiscencia del sol naciente se deja ver entre los biombos que hunden sus raíces en el lejano oriente, obras que en si son un recordar la enculturación,  es parte del intercambio de valores y emblemas, usos y costumbres de los pueblos, que no cierran su ciclo en un siglo o año, al contrario lo abren y lo actualizan, pervive en las cosas. El biombo un objeto de cerrar la realidad a los extraños de tu mundillo e intimidad, a los ojos de los intrusos, juegos de conjuros de ficción y del pasajero color del pudor. Es plasmar una imagen no existente y alucínate que podría haber tras el. La escultura es en si una realidad plástica que asemeja al Dios que se deleita creando al hombre, del barro y dándole su aliento “vida” para que viva y hable se mueva y se de. Su escultura aunque poca producción, juega con ese “hacerlo a la imagen de sus manos” de olores y miradas. Su pintura podría inscribirse como una continuación de las grandes producciones de los años 40 a 50, de esa cotidianidad, una cierta sintonía con la pintura pseudo-erótica de Manuel Rodríguez Lozano,  El uso de las imágenes de los perros, complementa la relación erótica que se da entre los hombres de las pinturas, es una mirada particularmente poética de estas relaciones eróticas, con tintes religiosos, la urgencia y necesidad de construcciones románticas o hasta religiosas para insertar el tema del erotismo o el amor al hombre en nuestra sociedad, tan ausente en el escuchar y presta fácilmente para el aturdimiento y vanidad. En su obra se patentiza la tristeza, el desaliento, que puede dibujar bien la gran enfermedad de la posmodernidad, que se llama depresión. Los paisajes de los hombres son áridos en su corporeidad. Dibujan realidades que emergen y presupone o insinúa esa realidad con posturas y sentimientos, fragilidades y desengaños. Esos aspectos de la representación masculina de estos días, da la sensación de soledad que ésta produce en su pintura.  Los retratos tienen vida y movimiento, el engranaje que les pone un toque muy suyo, especialmente el de las mujeres, parecen más personales, llenas de luz, movimientos donde hacen su aparición las plantas, el aire y la luz, jugando! el viento con el cabello, acompañado por el micro cosmos que le rodea. Los objetos, son en si un ver y usarse, un servir y olvidarse, un adorno y una necesidad, con el dibujo cambia su presencia y figura pero no su utilidad y uso, es lo rescatable de su singular obra, hacer de la cotidianidad un sin fin de posibilidades de creación y de belleza.
Un comentario final, el arte, la belleza creada por el artista es la irradiación de otro mundo, que abre su brecha en nuestra opaca condición humana descubriéndola e iluminándola al mismo tiempo. Lejos de la división efímera, entre arte y la fe, incitan al hombre a no caer en la indiferencia, a trascender siempre fuera de si mismo, a buscar y reconocer a Aquel que es origen y de toda belleza y que da sentido al mundo, al hombre y a las cosas: ya en esta tierra, un poco de paraíso.__________________________________________________ Padre José Gerardo Herrera Alcalá Santuario de Nuestra Señora del Carmen. Diócesis de San Cristóbal de las  Casas.  Chiapas México.

Un día...

Los encuerados.2003. Óleo y acrílico / lienzo, 180 x 120 cm.

A veces me imagino que un día, o una tarde, Darío tomó un suéter, las llaves de su departamento y la correa de Libertad, y salió a caminar para pensar y luego decidir que iba a hacer con su vida.

Ni el teatro ni la danza eran los medios para dar cuenta de todo lo que guardaba en ese momento. Depender de tanta gente como lo requiere el teatro para poder presentar una obra no era buena opción y la danza era atractiva cuando los bailarines exhibían sus músculos, su destreza, su belleza.

Quizá por eso, y recordando la facilidad con la que había resuelto gran parte de su niñez dibujando, pintando, pegando y recortando es que vislumbró en la Pintura un camino que podría recorrer con libertad.

Y no es que fuera fácil pintar o dibujar. Tendría que aprender a hacerlo. Regreso a su casa, le quito la correa a Liber, busco un cuaderno que tuviera algunas hojas en blanco y comenzó a dibujar.

Desde entonces no lo ha dejado de hacer. Busca hombres y mujeres que se dejen pintar, cómplices, amigos, y compañeros de viaje como Libertad, Fosco  o Gilberto. Dispone de ellos, parados, sentados o acostados en pisos cuadriculados, entre lienzos rojos y dorados, como ángeles  que viajan entre las nubes o a la deriva... felizmente en el mar.
Hace de Víctor, Liber, Fosco, Gilberto y de sus amigos, personajes de su imaginario personal y les crea un mundo de papel, de tela, en forma de caja o de biombo para que vivan, para que existan en esta realidad tridimensional que a veces nos agobia, incluyéndolo a él.

Ahí están en cada uno de ellos, mirando siempre a lo lejos, extraviados en sus pensamientos, conformes con lo que viven y con lo que sienten.

Ahora vamos con él a esta exposición, lo acompañamos formando parte de su refugio de color y lienzos. No tenemos muchas medidas, para sus ojos siempre somos grandes. Magnifica con la alquimia de sus trazos lo común de nuestra vida haciendo de nosotros seres luminosos, inmaculados, estofados, con aureolas que nos acercan a la pasión con la que pinta.

Bueno... eso me gusta pensar...

Edith Ibarra
Febrero 2004.


Muestra de obra

Doña Carmen y su costura. 2000. Óleo, acrílico y encaje / lienzo. 150 x 100 cm. Colección: Leticia Araizaga

Al limite del misticismo la invocación a la imaginería popular; la letanía del desnudo, el perruno aullido de la soledad, las reminiscencias de San Sebastián Mártir, la calvicie de la pasión, el nervio viril en la cosecha de ojos displicentes, los talles que descienden  en la espesura de la forma, la proyección del autorretrato en el misterio de las miradas, la lejanía como símbolo de la introspección. 
ST VMNT. 2000, Óleo y acrílico / lienzo. 150 x 100 cm. Colección: Victor Navarro

Hoy, en un tiempo de desbandada, escape o dispersión de los inacabables despliegues del ser, Darío Mijangos, joven pintor, experto creador, nos devuelve la oportunidad de airar el espíritu de una obra que araña la cresta de la poesía con bocanadas de un arte novedoso en la descarnada atmósfera de imágenes virtuales.

Salvador Díaz Sánchez.
Cineasta.
Director de Cultura
Universidad Autónoma Chapingo.


Agora Gallery

Dicen que andan por las nubes. 2003. Óleo / Lienzo. 150 x 130 cm. Colección Jorge Trejo.

The body of work that you have provided for our review exhibits a cohesive style and a unique perspective. A skillful approach, as well as a passion for the medium is evident throughout the presentation. Wonderful work.

Agora Gallery
December 2003.


Tribal. 2004. Óleo, acrílico y hoja de oro / lienzo. 150 x 100 cm. Colección: Juan Carlos Mata

The highly collected Dario Mijangos has shown his work throughout the world. His self-taught style of figuration portrays a shocking world of tribal myth and fantasy. Born in Mexico City, he takes inspiration from literature and the theater. He has published two catalogues and held a total of 12 solo shows between Mexico, Cuba, and Argentina. Dario Mijangos’ wide-ranging success is fueled by his unique vision into the psychological disposition of people and things. Whether people or an object, Mijangos renders his subjects with a powerful affect. There is a dark mystery that surrounds his work. Taking after the great social realist paintings of Diego Rivera, he shows figures in familiar yet stylized landscape. Throughout his work one sees apparitions creep through the landscape. There is an overriding theme of wanting and an almost religious fervor that permeates his images. Souls are laid free from clothing in a symbolic state of vulnerable desperation

Agora Gallery

February 2004.
Sagrado Corazón de Darío. 1997. Óleo, acrílico y latón / lienzo. 150 x 100 cm. Colección: Ernesto Lozano

Una noche soñé que me cosían la boca. Yo sangraba y las gotas de sangre se congelaban antes de caer, como la pintura cuando se aplica con espátula y crea esa textura gruesa palpable. Había frío, no podía cerrar los ojos y los oídos me zumbaban, era un timbre metálico, como de patrón de pruebas de  televisión. Yo era un joven, casi niño, aún no había entreabierto ciertas puertas del pasillo de la vida. Hoy, en plena madurez, me reconozco en tu cuadro, ese joven lánguido con la boca cosida que llora lágrimas de sangre, cruza las manos sobre su sexo y muestra el corazón pequeño, metálico, también ensangrentado, me remonta a uno de los pasajes más amargos de mi adolescencia. Generalmente lo que soñamos se torna tan o  más real que lo que vivimos. En ocasiones deambulamos con los ojos abiertos pero cerrados a las sensaciones... A los pies de tu joven, a tus pies un xoloitzcuintli de mirada humana nos escruta el rostro, dos manos, una de ellas, aferrando la pantorrilla derecha del muchacho anunciando bloqueo y opresión, el fondo amarillento con destellos  como de sangre como telón de fondo, o como una suerte de tapiz del sufrimiento. Todo transpira silencio (tu muchacho calla pero más su interior grita) y los más aterrador, soledad.

El criterio medio naïf de tu pintura no rebaja la inquietud que la misma provoca. Habita un espíritu de agónica contemporaneidad en el cuadro, una frase escrita al pie de la obra sobre el filo que asoma de una pared o el agrietado reborde de una azotea es reveladora, “todas las noches me arranco el corazón, pero por la mañanas esta en su lugar”

Tu pintura es un reclamo de amor y deseo, Los hombres padecemos una extraña fijación por el hallazgo, por la conquista de lo desconocido, por la “novedad”, también una atracción irrefrenable para los asuntos de la carne, por el retozar de los cuerpos, por la vibración nerviosa de las pieles al contacto de otras pieles... Salimos a deambular las calles poseídas por el virus de la ansiedad. Agotados de luchar contra el deseo, saltamos al abismo noche. Acariciamos la secreta esperanza de encontrar un ángel doblando cualquier esquina, sentado en un banco de un parque, parapetando bajo algún farol, o descansando desnudo sobre la cama de azulejos de cualquier sauna, “dormido”, indiferente al mundo orgiástico que explota a su alrededor.

El corazón palpita y luego, al contacto de cualquier mirada igualmente ansiosa sobreviene la entrega y luego de la entrega, en la que nos refugiamos en los brazos de la naturaleza como si fuera la primera vez, angustiado ante la posibilidad de la pérdida, vírgenes (todo hombre que se entrega a otro por primera vez  es virgen) la minúscula espada atraviesa nuestro pequeño corazón  endurecido  y todo se desvanece. Entonces llegan los reproches, los ¿por qué?, los miedos venéreos y la  desilusión agria nuestro espíritu, pero ya llegará la noche, sí la noche, y esta será la definitiva, esta noche encontraré el amor.

Te pregunto, muchacho silencioso, ¿por qué el corazón? , Una escritora famosa dice que un corazón es algo sucio, y que pertenece a las tablas de anatomía y al mostrador del carnicero, que ella prefiere el cuerpo... ¿Por qué no te conformas  solamente con el cuerpo? ¿Por qué abres noche a noche la caja de candados de tu corazón y obsequias tus secretos?, ¿por qué  reclamas en el otro la combinación de su caja fuerte para abrirla  y hurgar en ella? ¿Acaso no es suficiente con la posesión del cuerpo? No, no lo es, ¿no temes al escarnio, a las burlas, a la subestimación, a la derrota?

Estoy ante la obra de un artista de elevada espiritualidad, de parámetros que se abre, plural y  sin reservas, la posibilidad de encontrar el conocimiento a través del placer y del disfrute pleno de los sentidos, aunque sea condenado a la soledad, le cosan la boca y le dejen como única compañía a un xoloitzcuintli, que nos mira tristemente. El cuadro, y lo reitero, traduce reclamo,  necesidad,  contradicción, entre carne y espíritu, tormento, incomprensión e intolerancia ante el “otro”, el diferente, represión, tortura, moral,  caos.
 Ahora me despido Darío. Ya no sueño que me cosen la boca. Ahora mis sueños son más imprecisos. Ya conozco el ansia y la perdida, ya se abrieron muchas puertas, ya sé... pero aun albergo la secreta esperanza cada noche, aún me arranco el corazón y asombrosamente, cuando despierto Darío, como el tuyo, está en su lugar.

Raúl Alfonso

México D. F. a 14 de diciembre de 2001 

El Muro de los lamentos

El muro de los lamentos. 2000. Óleo y acrílico / lienzo. 150 x 120 cm. 

Cuando se calla toda esa luz que se lleva por dentro, con el tiempo los rayos de esa luz se convierten en grandes mariposas de tristeza, y nace en tu corazón un muro inmenso de silencio, donde el espíritu no escucha lo que era ni oye nada de todo lo que te aman.

Cuando se calla toda esa luz que lleva uno por dentro, se hacen callosidades en al alma, y los sentidos, actúan como lapidas de huesos rotos.  Pero hoy, ¡henos aquí!, Cogiendo la luz con el mar de nuestros ojos, en una cantidad tremenda de agua que titirita y disgrega esa luz en movimientos, figuras, colores y texturas dejados en los trazos de este hombre; Darío Mijangos, y que es necesario decir en una manera estridente, que este hombre, no se calla toda la luz que lleva por dentro. Porque cuando observamos su pintura, la vemos de frente, nos alejamos buscando un ángulo diferente, inclinamos la cabeza, le miramos de un lado y por el otro, de arriba y de abajo y terminamos sin saber que no es a él a quien queremos ver, sino a nosotros mismos. Con su pintura nos hacemos externos, embaucados por ese simbolismo que Darío Mijangos implanta en sus obras con los  elementos distintivos de nuestra cultura, y que ante tantos caractemas existentes de ésta, podemos claramente denotar la fe, ritos, tradiciones preñadas de quimeras inmunes al continuo del tiempo, y que igualmente, delinean la identidad de su persona.  Mijangos mantiene su esencia en lo sencillo del concepto de su idea, nosotros somos quienes le aferramos una complejidad a lo sencillo en la historia escrita de sus cuadros. Mostramos todo lo que somos al traducir todos esos elementos simbólicos, que figuran en su obra, en lo que sentimos, haciendo analogías paridas de nuestra propia existencia.

Y es también verdad, los trazos que Darío implanta en sus pinturas evocan sensaciones ocultas, olvidadas, sentimientos postergados en un común que delinea al interior del hombre y hasta cierto punto, nos hacen notar en nosotros mismos ciertos trozos de vida acumulada.  Esto, desde mí confinada existencia.

El pincel de este hombre es consecuencia de un impulso incontrolado que le da la vida, es Mijangos  así mismo su propia evolución dictada en la madurez de sus figuras, es la búsqueda constante con el compromiso de su rojo corazón, decidido a una expresión de proporciones más exactas. Decidido a exponer su vida en la forma que predicen sus colores, texturas y en esa eternidad corregida a un solo movimiento del pincel en su mano. Él, coge elementos de la vida y los devuelve a la misma, en una poesía narrada con figuras derramadas en la necesidad inherente de su existencia y de la belleza propia del hombre, porque el no pinta para que le entiendan, sino por que la pintura es la aceptación de su vida.  Existen hombres que se han envenenado con la rimbombante palabra “artista”, y se consumen en un angustiado análisis por la razón propia en las formas del arte, estructuran y catalogar al hombre por sus expresiones, “sentimientos de artista”, sabiendo que lo sublime carece de sistema.

Y ante todo lo anterior, cuando interrogo a Darío en mi enclaustrada   necesidad por definir su arte, me dice: “pues mira, yo solo soy pintor, pero antes, hombre; el resto es mi vida”

Juan Manuel Dueñas


En un día de septiembre, 2000.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Pasión y Libertad

Pasión y Libertad. 1999. Óleo y acrílico / lienzo. 180 x 240 cm. 

Cuando nos sumergimos en la obra de Darío Mijangos, los jalones del espíritu no se hacen esperar, su pintura desarticula cualquier intento de interpretación para reclamar la autoría de su propia voz: nuestra reverberación. Por tal motivo, la interpretación más autorizada es la experiencia del que esta  frente al trabajo este pintor.

Por lo tanto, digámoslo así: La obra de Darío es de todos, porque no es de nadie,  ni de el, su pintura es una "otredad" a la cual advenimos  y, por tanto, nos precede, nos envuelve, nos satisface  y, por supuesto, a veces nos hiere… Hasta que por último, su significado, termina por escapársenos y cualquier intento de atraparlo es  insuficientes.

Hay individuos  que padecen  esta insuficiencia con mayor intensidad que otros y por ello se esfuerzan en  describir la manera en que ven ese mundo del que no se pueden escapar... Alguien dijo que  los seres humanos, vivimos en una cárcel de carne y sangre entre barrotes de huesos, y que la intención de comunicarnos es con el afán de calmar  la angustia de la soledad y el aislamiento en que vivimos

En este sentido  en un abrazo, sólo damos y recibimos un choque de carnes  que se dejan oír para dejar  clara constancia del eterno e insalvable desencuentro; así, todo queda en el espejismo que simula un contacto.  Sin embargo, lo otro es lo  cierto, Darío Mijangos nos revela con su lenguaje de pintor, el grito doloroso de un preso sin derecho de apelación.

 La dulce orfandad que reflejan los rostros de los seres que este autor pinta. No es más que la  distancia que las fractura el abrazo y la esperanza de fundirse con el otro, en realidad de  Mijangos la soledad  que se somete a su propio cuerpo. Darío es fiel a su propia imagen y su  semejanza que es su condenación: afanoso,  quiere llegar al  origen de sí mismo para  mediante este acto,  encontrarse con el otro… siempre fracasa.

Eternamente solo, derrotado por su pasión - ángel caído -, con su  pincel,  corazón en mano, comienza nuevamente su intento.

Libertad en la más absoluta soledad. 1998. Óleo y acrílico / lienzo. 100 x 980 cm. Colección Raúl Delgado

Ciertamente en Mijangos, su pincel es el  carcelero que a veces bondadoso,  emerge de la oscuridad de aquel calabozo  de piedra húmeda y caliente para traernos el mensaje de su condena a perpetuidad. Así, la  vida de este pintor es una ironía, porque vive apasionado de unos  colores que nunca ha visto (¿Cuáles son sus referentes?), pues la obscuridad de su celda-vientre no se lo permite.  Es que en  realidad, Mijangos tiene muy buen olfato y poca perspectiva  (casi siempre todo lo pinta en primer plano)... él sabe muy bien que el ámbar no huele al l rojo y que  el azul tiene otro aroma que el ocre.  Así, se aventura  y pinta. Pero por su puesto a este presidiario lo motivan sus amores,  le gusta sentirse vivo. Así, se otorga el  derecho a tener sus visitas pasionales. Entonces, sus visitantes descienden a tientas, con devoción, hasta llegar a su calabozo para atestiguar, entre rejas, su delirio; así nace la cual se debate su locura: erotismo y religiosidad, elementos que se amalgaman en Darío por obra y gracia de dolor y su Xoloitzcuintles. 

En efecto, la obra de este pintor  es inquietante,  porque une dos elementos que, si bien en su naturaleza más rudimentaria, estaban mezclados,  en nuestro tiempo y forma cultural resulta sacrílego.  (Aunque en el caso de Mijangos no podría decir para cuál de los elementos) el hecho de no mantenerlos bien distantes uno del otro: el erotismo y la religiosidad son una constante en su obra.
 Los que no son parte del plan. 1999. Óleo y acrílico / lienzo. 180 x 120 cm. Colección UAM Azcapotzalco.

Los temas de su trabajo, por lo tanto  no son casuales: "Pasión Santoral", "La pasión según los tres", "Mi ángel", " Guadalupe virgen", "Tu sangre para mí es preciosa ", "Sagrado corazón "," Santo Señor del suicidio "," San Sebastián de Santiago "," La pasión según Michal "," El último ángel "," La ofrenda ","La consagración de la Virgen "," Sagrado Corazón de Darío ", "Getsemaní", "Nuestra Señora de La Plata", "teofanía", "La caída", “Tres santos amigos ", "San Javier con Libertad", "Mártir", "Los Evangelistas" ...
Getsemaní. 1998. Óleo y acrílico / lienzo. 150 x 100 colección Vincent Osborne. UK

Trabajos en cuyas rasgos se muestran manos en gestos benditos, miradas dulcísimas, desnudos santificado, mártires con sanguinolentas eyaculaciones, querubín Xoloitzcuintles... en fin, elementos de la ternura, sensualidad y el dolor  mezclados con vocación  reverencial.

Viviendo con Libertad. 1999. Óleo y acrílico / lienzo. 150 x 120 cm. Colección Silvia Morón. Córdoba, Argentina


La atmósfera que Darío Mijangos, logra en sus cuadros es un halo de liturgia erótica  de colores vivos y profundos, donde el placer y la muerte vienen a ser  motivo de una celebración solemnísima.  Para este autor,  oficiar es llevar el ritual de su trabajo hasta sus últimas consecuencias; es alimentar cotidianamente su vida y su muerte para mostrarnos, obsequioso, la enorme dignidad que vierte en cada brochazo arrancado a la soledad que lo aprisiona, vértigo al que por cierto, está condenado a cadena perpetúa.


Maestro: Saúl Román.

Ciudad de México, otoño de 1999.

La sensualidad del pintor.

Pasión Santoral. 1999. Óleo y acrílico / lienzo. 150 x 240 cm. Colección privada, Reino Unido.

Darío, como buen artista, vive su cotidianidad en dos mundos aparentemente di símbolos pero no opuestos y sí complementarios: el de la vida real en su trabajo de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, y el mágico de su pintura; en ambos es un exitoso. Lo descubrí seguramente como muchos por el Internet e incuso por este medio fue invitado a exponer recientemente en la Argentina. Después lo he seguido hasta su estudio y en exposiciones donde he podido comprobar su valía como pintor, por muchos no comprendida, por otros alabada hasta la ignominia. Sin embargo, mi máximo éxito ha sido el haberme podido acercar a su obra ganándome su amistad; esto me ha valido el pase a un mundo mágico que cualquiera puede intuir al plantarse frente a un óleo o acrílico suyo, pero en el que se adivina apenas la génesis que toda obra de arte lleva implícita. Admirar un Darío Mijangos es, antes que nada, un goce visual y estético; el primero lo pueden ofrecer muchas pinturas, el segundo, ese que nos provoca aún chispazo casi eléctrico a través de la columna vertebral o que hace incluso flaquear las piernas de la emoción sólo lo logran los artistas con cuya obra nos identificamos, los que nos cautivan por "x" o y razón y se meten claro por nuestros ojos, pero hasta nuestro cerebro y corazón. Siempre he considerado que todo arte es una entrega recíproca y por eso tanto he de cuidarme al expresar mis / los sentimientos que me inspira hacer "crítica" de la obra de un amigo. 

Este breve artículo se lo debía a Darío y a mí mismo. En alguna ocasión pretendí una monografía más extensa de crítica imparcial, pero eso sólo se logra siendo ecuánime y yo no puedo serlo, no al menos desde el momento en que me declaro admirador de su estética, cuando me identifico con su mundo mágico, con su forma de pensar y acepto incluso comulgar en su misma escuela formativa: la mexicana de pintura que él ha sabido tan provechosamente utilizar para lograr un estilo propio pero en el que se adivinan las influencias de una Frida Kahlo por ejemplo, el ascetismo de Manuel Rodríguez Lozano y las mexicanísimas imágenes de lo nacional impuestas por Rivera en forma, tema y colorido. Que el lector de Club "G" de Tehuacán descubra a través de las pocas imágenes que presento al Darío Mijangos de su predilección: el joven artista de sentir gay enamorado del color y el arte nacional sencillo y eterno; el de los rollizos y pelones xoloitzcuintles, entes casi Sagrados o fósiles vivientes del desaparecido mundo prehispánico; el de las guirnaldas y cenefas con breves mensajes que tanto utilizara Frida y que tomara a su vez de la pintura costumbrista del siglo XIX; las composiciones arquitectónicamente estructuradas e incluso escultóricas del más puro estilo rodriguezlozaneano y de éste también su sensualidad característica para retratar al desnudo masculino con una total parquedad de elementos y para los que se vale comúnmente de su modelo favorito: su joven pareja de apenas 26 años de edad. 
Ungido con Libertad. 1999. Óleo,  acrílico y encaje / lienzo. 150 x 120 cm. Colección Xavier Llamas.

Por último y sobre todos ellos, el estilo que caracteriza a Darío, la magia que hablaba de su obra al rememorar ángeles, santos, seres dolientes y teatrales pero no más allá de la realidad, de una realidad llamada México que vivimos cada día los que por esto mismo somos vistos con tanta admiración por pueblos como el europeo que quizá tenga más tradición pictórica, pero que han quedado mudos y se maravillan ante la obra de un joven que tanto tiene que "decir", que tanto tiene que expresar y que tanto ha bebido de la fresca fuente de la escuela mexicana de pintura, fuente que se creía extinta, pero que afortunadamente esta nueva generación del torna milenio, olvidada ya de abstraccionismos y demás "ismos" que nada tienen que ver con lo mexicano auténtico, reclaman para su arte como una voz que cabalmente ha expresado su valía como medio de expresión. Quien no comprenda esto que no se acerque a un cuadro de Darío, que se olvide de líneas clásicas, de formas "bonitas", de tonos escolásticos y de medidas estándares. Darío es ante todo un revolucionario y no le importa agradar; su mensaje va implícito en cada cuadro y quien lo quiera apreciar, ya sea que le guste o no, le tiene sin cuidado. A Darío le importa obtener un lugar en la plástica mexicana ¿a qué artista nacional no?, pero él no viaja en el elevador fácil de la comercialización. Tampoco es surrealista o neo-mexicanista. Lo suyo es la plastificación de su mundo mágico interno: sus varones desnudos ni siquiera cumplen con las expectativas del nudismo integral de motivar la libido, sus cuerpos son morenos, mexicanos, sólo muertos aclaran su tez y sin embargo se les siente vivos, reales dentro de su fantasía; están calvos totalmente porque para Darío en eso estriba la masculinidad, no en el tamaño de los genitales; sufren porque son mágicos y porque son religiosos; común es observarlos con las alas cortadas, con las heridas sangrantes y postrados; jamás el coloso que busca de imponerse y sin embargo su desnudez es la mejor arma contra a "las buenas conciencias" de siempre; son como los primeros mártires cristianos: bellos en su desnudez y por ella poderosos. Hay que resaltar también de sus retratos la honda psicología que obtiene con algunos cuantos elementos: las mujeres de su serie de las Vírgenes no necesitan incluso de las auras de algunos de sus santos para remitirnos a la idea de la diosa generatriz; sus retratos aluden al personaje por su ambiente más que por sus lujosos vestidos o escenografía, y para ello Darío se vale de sus fondos, algo que a él no le gusta que se mencione e  incluso hasta le molesta, pero pocos pintores logran tal ambientación con esas texturas, con esos colores, con tal parquedad de elementos que al decir de algunos neófitos en ocasiones se "comen" al cuadro. 
Concerti per flute. 2001. Óleo y acrílico / lienzo. 120 x 150 cm. Colección: Padre José herrera Alcala. Diócesis de San Cristobal de las Casas

Un ejemplo: Horacio Franco no necesitó de toda su nudística y provocativa  musculatura e incluso ni de su infalible flauta para expresar la magia de su música en el cuadro que le pintó Darío, pues con el puro fondo que lo aísla y lo sitúa a la vez en el centro de la obra basta y sobra para que el espectador "vea" flotar notas y partituras sobre el lienzo. No en balde dicho cuadro llamó poderosamente la atención a los asistentes de la pasada muestra  pictórica en la Semana Cultural Lésbica-Gay del Museo Universitario del Chopo en  junio del año 2001 en la Ciudad de México, donde Darío expuso por primera vez en un marco que ya estaba resultando incompleto sin su presencia. Finalmente para mi retrato ‹y se me perdonará la falsa modestia, 
El escritor. 1996.Óleo / lienzo. 100 x 80 cm. Colección privada, Frankfurt, Alemania

Darío ignoró olímpicamente mis sugerencias de como en su cuadro "El escritor", el utilizar ramas que naciendo de mi cabeza se regaran sobre el fondo con páginas escritas en lugar de flores. Para mi poema que inicia "Ese amor que tú me das...", esbozó las páginas sí y las ramas, pero las cubrió con el sutil dorado del fondo y prefirió finalmente escribir los versos distribuidos por acá y por allá, resaltando la fuerza de la creación a que todo poeta se enfrenta con la mirada profunda y la pluma de ave descuidadamente sostenida entre los dedos que finalmente dice mucho más que cualquier referencia directa al quehacer del retratado. 
Retrato de Jesús. 2001. Óleo y acrílico / lienzo. 100 x 80 cm. Colección Jesús Meza. 

Ahora me he acostumbrado a que quienes lo ven difieran del poco parecido físico que guarda conmigo, pero eso no me importa, prefiero la opinión más sabia y sensible de aquellos que en silencio admiran el cuadro, digieren el poema y ya después exclaman: "Sí, tú estás ahí en retrato y en obra" ¿Se puede pedir más a un pintor?


Lic. Jesús Meza
*Editor de Boys & Toys, Q-Eros y DesnuDarse

2000.